
POR ORLANDO CARRIÓ
En realidad, los cubanos tenemos cualidades que nos distinguen de otras nacionalidades y nos colocan una etiqueta que no podemos evadir con facilidad, aunque vivamos en otros países y tratemos de adaptarnos a diferentes patrones de conducta.
Se sabe que los cubanos somos adictos a discutir sobre muchos temas: economía, política, pelota, música, chismes, rumores. Pero no podemos hacerlo sin gritar un montón, dejar de mover los brazos, hacer gestos con la cara, ponernos rojos de ira o dramatizar al detalle la historia.
Todo se vale, con tal de que el interlocutor tenga las evidencias y se imagine las cosas como sucedieron de manera exacta.
No todos los cubanos son así de explosivos; no obstante, la mayoría sí juega en este equipo algo escandaloso que tiene otra virtud: los nacidos en el archipiélago somos exagerados por naturaleza, no sabemos darle la correcta proporción a nada.
Nunca nos escucharás decir que la comida estaba rica; mínimo te decimos que estaba riquísima, por lo que comimos como unos “animales”.
Otro de los defectos que se le atribuyen a nuestro gentilicio es no saber callar cuando se supone que debemos hacerlo. Siempre, absolutamente siempre, damos nuestra opinión sobre el tema, aun cuando nadie nos la pida o el asunto sea bien escabroso.
Quedarse con ese peso por dentro, ¿para qué? ¡Jamás! Sin embargo, a veces nos da un poco de pena ser tan intolerantes y tratamos de suavizar la cosa: “Mi amiga, no te va a gustar lo que te voy a decir; yo te quiero mucho, pero lo que hiciste no sirvió, vaya, fue una m…”.
Tampoco —y es bueno aclararlo— dejamos que las cosas se enfríen: si hay un problema, se enfrenta aquí y ahora. Nos falta sangre fría en las discusiones y peleas. No conocemos el arte de las insinuaciones, de los venenitos por la espalda, de ir por la izquierda, de las amenazas ocultas tras las caras plásticas tan frecuentes en otros países latinoamericanos.
La tranquilidad viene después de “ir pa’ arriba del lío”, en una suerte de desahogo emocional. Si no lo hacemos, explotamos, aunque luego se vayan los antagonistas belicosos a tomarse un par de cervezas bien frías en el primer timbiriche lleno de croquetas y panes con pasta que encuentren disponibles.
Y ya que hablamos de la comida, es prudente recordar un gusto ancestral: a los cubanos los platos nos gustan bien sazonados, con especias naturales y el sabor intenso de nuestra tierra. Los alimentos desabridos nos sacan de paso.
Ahora, si vamos más allá en esta exploración, descubriremos que a los cubanos tampoco nos gusta separar las religiones, porque, a la hora de la timba, lo mismo le rezamos a la Virgen de la Caridad que le pedimos “un regalito” a Oshún.
Y, claro, no dudamos en rezar un Padre Nuestro, al mismo tiempo que le reclamamos a un babalawo una “limpieza” o “limpia” con yerbajos, perfume y cascarilla, para que nos elimine las energías negativas o el mal de ojo.
Igualmente, no podemos negar que en la isla se vive protestando por el intenso calor y rogando por esos poquitos días de invierno. En los meses duros de verano buscamos siempre el cachito de sombra, el aire del ventilador y los líquidos refrescantes.
De igual modo, se vive amando el juego de pelota, nuestro pasatiempo nacional, y odiamos perder, porque nos acostumbramos a ganar. Cada vez que al equipo Cuba le va mal en una competencia internacional, la peña beisbolera del Parque Central, en La Habana, se convierte en una verdadera caldera del diablo.
Bueno, ya hemos visto lo que somos y lo que seguiremos siendo los cubanos. Tenemos virtudes y otras “tierritas” no tan buenas, pero eso sí: rara vez mentimos o traicionamos, y esto ya es un plus. Somos de fiar y no somos hipócritas, aunque hay algunos que…
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