
Por Orlando Carrió
En la República, el cañonazo de las nueve, nuestro señorón colonial, es disparado por una de las veintiuna piezas de artillería de La Cabaña consagradas a las salvas o saludos oficiales. Sin embargo, no siempre el famoso estampido baila en casa del trompo, a pesar de exhibir con orgullo un cronómetro eléctrico de la Cuban Telephone Company.
Al interventor militar norteamericano, míster Magoon, no le basta con cambiar la hora del fogonazo, sino que autoriza con frecuencia su receso e, incluso, pide que el cañón lleve poca pólvora para evitar un ruido excesivo que pueda afectar sus horas de sueño. Pero lo peor está por llegar. Luego del advenimiento de la radio al pueblo
pinareño de San Cristóbal, un empresario decide transmitir el cañonazo en vivo desde La Cabaña; sin embargo, la detonación no se oye por un desperfecto técnico, y el pobre hombre cae víctima de la desesperación: a las 9:10 p. m. suena un “¡buuummm!” con la boca, capaz de matar de risa a los sorprendidos oyentes.

Algo parecido podemos decir del músico Luis Casas Romero, iniciador de la radio en Cuba. Tras fundar la pequeña emisora 2LC en 1922, coloca un micrófono delante de su aparato de radio y amarra una bocina a un barrote de la ventana de su domicilio en la calle Ánimas para aumentar la potencia del cañonazo y asustar de lo lindo a sus pobres vecinos.
A finales de 1941, Cuba entra en la Segunda Guerra Mundial junto a los Estados Unidos, y el 20 de junio del año siguiente el jefe del Ejército, general Manuel López Migoya, se presenta con una declaración que altera la paz de los cementerios: “¡Cero cañonazo de las nueve!”, ordena. “¡Hay que ahorrar pólvora, señores, estamos en tiempo de guerra!”
El gobierno de Fulgencio Batista argumenta, ante el estupor general, que, si continúan los fogonazos, los submarinos hitlerianos podrían detectar con facilidad la posición geográfica de la capital cubana y hundir los barcos que entraran o salieran de su ancha bahía. Una semana después de difundida la noticia, el semanario humorístico Zig-Zag comenta: “La supresión del cañonazo de las nueve obedece también a otras razones. Parece ser que los submarinos alemanes ponían en hora sus relojes guiándose por ese cañonazo. La supresión del mismo desconcertará a sus tripulaciones, lo que originará un trastorno en las comidas. Los tripulantes se enfermarán del estómago. Surgirán las quejas y las indisciplinas, y acabarán por declararse en huelga”.
Más tarde, el ministro de Comunicaciones intenta que la sirena de la planta eléctrica de Tallapiedra reemplace al familiar cañonazo, una idea que suscita, lógicamente, más de una broma pesada. Incluso, no faltaron los buenos ciudadanos que temieron que el silbato terminara en una simple trompetilla.
Los narradores callejeros, por su parte, lamentan el fallecimiento de Enrico Caruso, huésped de éxito en La Habana en 1920, porque —argumentan— Batista podría haber invitado a La Cabaña al “Rey de los Tenores” para que imitara el cañonazo con un do de pecho capaz de empequeñecer los cañones de los Borbones.
Al concluir la Segunda Guerra Mundial, con la derrota de la Alemania nazi, Vicente Cubillas retoma el tema del cañonazo desde las páginas de ¡Alerta!: “Pero, por un olvido involuntario, no se nos ha devuelto la puntualidad del cañonazo de las nueve. Quizás nos llamen ridículos, inoportunos, románticos, pegajosos o monomaníacos. Habrá quien opine que tratamos de ahorrarnos el reloj. No obstante, más que nosotros, La Habana, ciudad que vive celosa de sus tradiciones y costumbres, necesita del cañonazo de las nueve”.
Por suerte, el nuevo presidente, Ramón Grau San Martín, dispone la reanudación del folclórico rompeorejas a partir del 1.º de diciembre de 1945. Ello llena de júbilo a la ciudadanía, pues, como murmuraba el tío Largio: “La Habana sin El Morro y sin el cañonazo no era ni podía ser La Habana”. Frase lapidaria y justa.

