
POR ORLANDO CARRIÓ
Los habitantes de La Habana nunca hemos escatimado galanteos al nombrar las vías de comunicación. Tal es así que, en nuestros paseos por la capital, a menudo nos salen al paso calles como Anita, Blanquita, Carmelina, Cristina, Pastora, Rosita y Yara, las cuales transmiten el perfume y la magia de hermosas y grandes mujeres.
En realidad, en la toponimia capitalina hay de todo: ciertas rúas despiertan deseos de vivir con intensidad, como las denominadas Esperanza, Luz, Sol, Gloria, Virtudes, Lealtad, Perseverancia, Santa Clara, Venus y Reina. Otras, menos coquetas, se vinculan a los oficios religiosos, como Encarnación y María Auxiliadora, o exhiben referencias paisajísticas al estilo de Estrella, Perla, Flores y la Rosa, que se complementan a pesar de pertenecer a barrios distintos.
La calle Remedios parece querer aliviarnos de todos los requiebros; la de Soledad, renegar por la falta de calor humano y oportuno consuelo; la de Damas, insistir en la necesaria cortesía; la de Guadalupe, enfatizar nuestros vínculos con el pueblo mexicano, y la de Gertrudis, hacer pensar en la Avellaneda, la prolífica escritora cubana del drama bíblico Baltasar.
Existen calles con nombres quizás no tan atractivos, pero que ocultan historias muy interesantes, como Maloja, que se origina en la Calzada de Monte, intercepta Águila y se extiende hasta Ayestarán, en el municipio Cerro.
Curiosamente, debe su denominación al cadete Domingo del Cristo, quien, en el siglo XIX, estableció allí un negocio de venta de maloja (forraje de maíz para las bestias), con el fin de aprovechar el frecuente tránsito de la caballería por aquellos parajes.
Amargura, por su parte, que empieza en la Plaza de San Francisco y termina en la del Cristo, siempre ha estado ligada a la liturgia católica.
Los viernes de cuaresma salía de la capilla de la Orden Tercera de los franciscanos un Vía Crucis que avanzaba por esa calle hasta la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje.
Como recuerdo de estas procesiones, en la residencia del conde de Lagunillas —actual Museo del Chocolate—, en Amargura y Mercaderes, aún se conserva una de las cruces que marcaban sus estaciones.
Pese a todo lo dicho, nadie negará que los mayores méritos se los lleva la Alameda de Paula, construida en 1777 por el Marqués de la Torre, capitán general, por órdenes del rey ilustrado Carlos III.
La Alameda, con dos hileras de álamos y cómodos bancos, es el primer gran paseo marítimo de la capital cubana y ocupa el sitio del antiguo basurero del Rincón, situado junto a la bahía habanera.
Denominada de Paula por su cercanía con la iglesia homónima, y rodeada con los años de suntuosos palacios, esta Alameda era recorrida en las tardes por las bellas que huían del enjaulamiento de las Murallas de La Habana y, aún hoy, sirve de inspiración a poetas, músicos y escultores de todas las procedencias.
Entre las vías con nombres de mujeres figuran también Rita, Dolores, Paula, Santa Catalina, Carmen y Milagros, que, en ocasiones, tienen otras denominaciones oficiales, lo cual provoca eventuales trastornos en el tránsito peatonal y automotor. La calle Concha, por ejemplo, se llama oficialmente Ramón Pinto y ha jugado a los escondidos con más de uno.
Un viejo poeta me comentó que estos apelativos que aluden al bello sexo son como un gentil piropo que los caballeros de la villa lanzan a sus esposas, amantes, amigas y caminantes de ocasión, a quienes una frase bien intencionada y respetuosa les pone alas en el alma. ¿Ustedes qué piensan?
